Encerrado

11 marzo 2010 at 14:05 (microrrelatos)

“Te ha brotado una nuevas fragilidad”

(David Foster Wallace)

Los ojos de tu padre tras sus gafas redondas se han clavado en ti mientras pronunciaba esas palabras que ha oído todo el restaurante: “¿Qué hacías ahí tanto tiempo, Pierre?”. Tú has mascullado un “nada” mirando las baldosas y has vuelto a la mesa, donde te esperaban tu madre, tu hermana y el primer plato ya frío.

Tu padre ha notado por tu gesto lo que quería decir ese “nada” que se ha escapado entre tus dientes, y ha tratado de desviar la conversación hacia la visita al Mont Saint-Michel que acabáis de realizar. Pero tu madre no se da por vencida y te pregunta si algo te ha sentado mal y si te encuentras bien.

No te encuentras bien. Hace unos veinte minutos has sentido al mundo crecer en tu pantalón mientras se te ponía dura. A los quince años cualquier cosa puede provocarte esa sensación que te ha llevado sin pensar a encerrarte en el baño durante tanto tiempo. Quizás ha sido el canalillo que la joven española sentada junto a la ventana ha mostrado al inclinarse a dejar su pesada mochila en el suelo. O quizás la lengua que la turista alemana de la edad de tu madre movía alrededor de sus labios tras la segunda copa de vino de Burdeos. Quizás las dos cosas. Quizás nada de eso.

El caso es que te has escabullido de la mesa y te has encerrado en el baño casi sin pensártelo. A los quince años hay poco tiempo para pensar cuando tienes una erección y un wáter a menos de 200 metros a la redonda. Has elegido cualquier cosa de la carta y te has encerrado bajo llave, pensando que sería cosa de un par de minutos.

El problema es que no contabas con lo angosto del cubículo y con el calor que allí dentro hacía. Además, las paredes eran finísimas y tenías que tener tanto cuidado en no atender las conversaciones del restaurante como de concentrarte en lo que estabas haciendo. Pero era imposible. La discusión de los dueños del local, una pareja de homosexuales como ha sentenciado tu padre nada más verlos, te llegaba con total nitidez. No querías escucharlos pero lo has hecho y el tiempo se ha ido dilatando dentro de aquel pequeño espacio.

Has puesto la mente en blanco, has rememorado imágenes que sueles utilizar para la ocasión, pero te ha costado. Tardabas más tiempo del que habías calculado y la voz de tu padre, firme, ha acabado con tu pequeño plan. Por eso has salido atropellado y avergonzado del baño, no por lo que pensara tu familia, ni por las miradas y  las risas (sí, las has visto de reojo) de la mochilera española y la turista alemana. Has salido de mal humor porque aún te quema algo dentro de ti.

Ahora, mientras remueves con el tenedor la comida fría, piensas en lo primero que vas a hacer cuando llegues al hotel.

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Planes etéreos

19 febrero 2010 at 12:36 (microrrelatos)

Esa hora indefinida, misteriosa, de los aviones que cruzan por la noche el océano

(José María Merino)

La cena que nos sirvieron nada más salir de Nueva York no me había sentado bien, y tras unas horas de un sueño agitado y sudoroso me desperté con las rodillas doloridas y un gusto pastoso en la boca. Todo el mundo dormía en la clase turista, y la imposibilidad de encender las luces me dejó la memoria como único pasatiempo.

Aquél viaje había sido un error. Todo lo que habíamos vivido juntos en Madrid se diluyó nada más poner un pie en  Estados Unidos. Fueron unos días raros, como si el cambio de continente hubiera provocado un cambio en nosotros y ya no fuéramos los que recorríamos Gran Vía cogidos de la mano como colegiales, ni los que se pasaban fines de semana de excursión en el dormitorio de mi apartamento. Todo había cambiado en las siete horas que el Airbus tardó en llevarnos de las cafeterías sin alma de Barajas a los parkings preñados de coches del JFK.

Pensando más en Nueva York que en Madrid conseguí que las horas pasaran, si es que eso era posible, en el interior de aquel avión. Los demás pasajeros se iban despertando al olor del infecto café que preparaban las azafatas. Poco a poco el sol parecía vislumbrarse a través de las nubes y los cruasanaes recalentados comenzaban a ocupar las bandejas plegadas.

Fue entonces, con la extraña claridad del amanecer a bordo del avión, cuando me di realmente cuenta de lo que había ocurrido. Todo había sido un engaño. Una mentira, una huída de mí mismo. Por primera vez percibí la verdadera naturaleza de aquella relación y la causa de que en Nueva York ya nada fuera igual. Había sido un capricho pasajero. El miedo a comprometerme me había empujado a aquella aventura, que ahora se me presentaba como un lapsus en lo único que me había mantenido vivo durante años.

Fue entonces, cuando el avión comenzaba a bajar, cuando decidí coger un taxi nada más llegar a Madrid y dirigirme a su casa para pedirle perdón. Para reconocer mi error y tratar de que, si aún existía una mínima posibilidad, ella volviera conmigo. Porque por fin había descubierto el sentido de todo lo que nos había pasado.

Aquella certidumbre hizo que no sintiera ningún miedo mientras ibamos descendiendo, ni que me asustara el hongo nuclear que percibí cuando traspasamos las nubes, ni siquiera cuando, por efectos de aquella explosión que estaba arrasando la ciudad, el avión, mi piel, mis planes se fueron derritiendo al calor de un fuego inconcebible.

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Interruptus

26 enero 2010 at 14:03 (microrrelatos)

Me había arrastado hasta la fiesta de esta noche mi mujer, a pesar de que yo quería quedarme en casa viendo el partido de Liga. Era el cumpleaños de un compañero de su trabajo y le apetecía ir.

Al principio creí que lo podría pasar incluso bien. La comida estaba buena y el local que habían alquilado estaba  decorado con gusto y no hacía frío. Pero pronto descubrí que mi primera idea se iba a ir pronto por el caño de la tubería. Fue al ver llegar al marido de una amiga de mi mujer, con el que apenas había cruzado antes dos palabras, con dos quintos de cerveza en la mano, un trozo de tortilla en el otro y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.

Me saludó con un abrazo que consideré exagerado para la relación que nos unía, pero que pronto achaqué a las cervezas que ya se había trasegado. Conseguí librarme de él momentáneamente al ir a buscar algo de comida a una mesa, pero pronto me siguió hasta allí. Durante más de media hora estuvo soltándome necedades a gritos en mi oreja y lanzándome a la cara trozos de la comida que intentaba masticar mientras hablaba.

Soy un hombre tranquilo y aguanté su comportamiento con estoicismo, pero no pude soportarlo más cuando pisándome un pie me agarró del cuello y me dijo “amigooooo”, acentuando la “o” con el pestazo a alcohol (ya se había pasado al whisky) de su aliento. Fué ahí cuando no pude más, apreté el puño y lo lancé hacia su cara.

El primer problema fue que me arrepentí justo antes de impactar contra su nariz, quedándome como una estatua con el brazo estirado y el puño a pocos centímetros de su rostro. El segundo problema fue que acompañé el movimiento de mi mano con un fuerte grito, lo que hizo que todos los presentes en el local interrumpieran sus conversaciones y vieran mi patética actuación.

Ahora, camino del coche, voy unos metros por detrás de mi mujer, que lleva un humor de perros (mehasdejadoenridículodelantedetodosloscompañeros), y no sé si lo que me escuece más es el “perdón” que tuve que balbucear ante aquel idiota, o la sangre que empieza a brotar de mis nudillos.

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Alergia de ti

19 diciembre 2009 at 16:32 (microrrelatos)

Mientras la besaba y su lengua buscaba la humeda oquedad de aquella boca, comenzó a sentirse mal.

Quedaron en verse un par de días después y decidió ocultarle su indisposición y acuidir a la cita. Consideró que la fiebre no era excusa, y acabaron follando en el apartamento de ella, sus cuerpos ardiendo, el de él incluso después del orgasmo.

Comenzaron a salir y su salud continuó empeorando: eczemas, dolor de cabeza, vómitos, etc. Los médicos no conseguían aplacar sus males, que sólo encontraban medicina en el amor que iba creciendo en ella. Decidieron irse a vivir juntos y ella se convirtió en su enfermera más que su amante, su estado iba de mal en peor.

En su lecho de muerte él pidió un último deseo: casarse con ella. Un sacerdote acudió rápidamente y cuando comenzó a decir aquello de “os declaro marido y mujer”, él expiró cumpliendo lo de “hasta que la muerte os separe”.

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El hombre de arena

10 diciembre 2009 at 17:50 (microrrelatos) ()

– Cuando era niño, un día jugando en la playa, hice un hombre de arena que cobró vida. Me prometió riquezas, poder, la inmortalidad…

– ¿Y qué pasó?

-Se deshizo cuando subió la marea

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