Planes etéreos

19 febrero 2010 at 12:36 (microrrelatos)

Esa hora indefinida, misteriosa, de los aviones que cruzan por la noche el océano

(José María Merino)

La cena que nos sirvieron nada más salir de Nueva York no me había sentado bien, y tras unas horas de un sueño agitado y sudoroso me desperté con las rodillas doloridas y un gusto pastoso en la boca. Todo el mundo dormía en la clase turista, y la imposibilidad de encender las luces me dejó la memoria como único pasatiempo.

Aquél viaje había sido un error. Todo lo que habíamos vivido juntos en Madrid se diluyó nada más poner un pie en  Estados Unidos. Fueron unos días raros, como si el cambio de continente hubiera provocado un cambio en nosotros y ya no fuéramos los que recorríamos Gran Vía cogidos de la mano como colegiales, ni los que se pasaban fines de semana de excursión en el dormitorio de mi apartamento. Todo había cambiado en las siete horas que el Airbus tardó en llevarnos de las cafeterías sin alma de Barajas a los parkings preñados de coches del JFK.

Pensando más en Nueva York que en Madrid conseguí que las horas pasaran, si es que eso era posible, en el interior de aquel avión. Los demás pasajeros se iban despertando al olor del infecto café que preparaban las azafatas. Poco a poco el sol parecía vislumbrarse a través de las nubes y los cruasanaes recalentados comenzaban a ocupar las bandejas plegadas.

Fue entonces, con la extraña claridad del amanecer a bordo del avión, cuando me di realmente cuenta de lo que había ocurrido. Todo había sido un engaño. Una mentira, una huída de mí mismo. Por primera vez percibí la verdadera naturaleza de aquella relación y la causa de que en Nueva York ya nada fuera igual. Había sido un capricho pasajero. El miedo a comprometerme me había empujado a aquella aventura, que ahora se me presentaba como un lapsus en lo único que me había mantenido vivo durante años.

Fue entonces, cuando el avión comenzaba a bajar, cuando decidí coger un taxi nada más llegar a Madrid y dirigirme a su casa para pedirle perdón. Para reconocer mi error y tratar de que, si aún existía una mínima posibilidad, ella volviera conmigo. Porque por fin había descubierto el sentido de todo lo que nos había pasado.

Aquella certidumbre hizo que no sintiera ningún miedo mientras ibamos descendiendo, ni que me asustara el hongo nuclear que percibí cuando traspasamos las nubes, ni siquiera cuando, por efectos de aquella explosión que estaba arrasando la ciudad, el avión, mi piel, mis planes se fueron derritiendo al calor de un fuego inconcebible.

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