Londres (y 2)

28 febrero 2010 at 18:51 (ciudades)

Para descansar después de tanta compra, o hurto, nos podremos dirigir al parque situado al final de Oxford Street: Hyde Park. Se trata de un jardín del tamaño de la provincia de Guadalajara en el medio de Londres en el que podremos encontrar desde lagos y césped hasta una estatua de Peter Pan (¡?) y una fuente dedicada a una santa inglesa: Lady Di. Recomendamos también practicar allí el deporte inglés de la oratoria a gritos, que los nativos realizan los domingos en el llamado (reconocemos que con nula originalidad) Speaker’s Corner.

Otra forma de descansar es un pub, refrescándonos el gaznate (sic) con una cerveza (pinta en el idioma anglosajón) o con una de las especialidades inglesas. Es una falacia bastante extendida que la comida de los británicos es malo; no señores, es buena si se sabe pedir el plato adecuado y ese plato se llama: Sunday Roast Beef. Se trata de unos suculentos trozos de carne regados con salsa y acompañados por patatas, verduras cocidas y un hojaldre llamado Yorkshire Pudding. Es un plato exquisito que se puede pedir en los pubs. El problema es que el arte del expolio también ha llegado a la cocina, y hoy en día es más sencillo encontrar en Londres restaurantes que sirvan comida india o china que un pub con buena comida tradicional.

Para los múltiples amantes del cricket, el deporte rey en toda Europa y nacido en Inglaterra, recomendamos una visita al estadio londinense de Lord’s Cricket Ground. Se trata de un lugar situado al norte de la ciudad (cerca de la parada de metro de St. John’s Wood) donde se desarrollan apasionantes partidos de cricket que duran varios días. Tras un buen partido, el turista se puede acercar a Abbey Road, donde está el primer paso de cebra de la Historia, hecho que multitud de visitantes recuerdan inmortalizándose cruzándolo de cuatro en cuatro personas.

La inmensidad de la ciudad londinense nos impide reseñar todos los monumentos que deben visitarse. Sin embargo, vamos a citar brevemente algunos de los imprescindible como la cafetería italiana Covent Garden, la embajada de Malaysia situada en Trafalgar Square, la tienda Virgin de Piccadilly Circus o la parada de autobuses que está al lado de Tower Bridge (el puente de la Torre de Londres). Todos ellos son lugares que quedarán en la memoria del visitante.

Antes de abandonar Londres, debemos cumplir con uno de los rituales propios de la ciudad: tomar un té con pastas a las cinco de la tarde. Para ello recomendamos acudir a dos de los establecimientos donde mejor té y pastas sirven de todo Londres. El primero se llama Palacio de Buckingham y está situado al final la avenida llamada The Mall. Desde hace 50 años este lugar es propiedad de Isabel de Windsor, que sirve a sus clientes ella misma siempre que la bandera del techo esté izada. El otro establecimiento que recomendamos está en el nº 10 de Downing Street, y aunque ya no está su antiguo dueño, Mr. Blair, siguen sirviendo un gran té que atrae a dirigentes de todo el mundo.

Recomendamos acompañar su visita de Londres de la audición de la canción London Calling de The Clash, una realista visión del Londres de finales de los 70. También es imprescindible para poder disfrutar de nuestra visita leer con anterioridad el libro Historias de Londres de Enric González.

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Planes etéreos

19 febrero 2010 at 12:36 (microrrelatos)

Esa hora indefinida, misteriosa, de los aviones que cruzan por la noche el océano

(José María Merino)

La cena que nos sirvieron nada más salir de Nueva York no me había sentado bien, y tras unas horas de un sueño agitado y sudoroso me desperté con las rodillas doloridas y un gusto pastoso en la boca. Todo el mundo dormía en la clase turista, y la imposibilidad de encender las luces me dejó la memoria como único pasatiempo.

Aquél viaje había sido un error. Todo lo que habíamos vivido juntos en Madrid se diluyó nada más poner un pie en  Estados Unidos. Fueron unos días raros, como si el cambio de continente hubiera provocado un cambio en nosotros y ya no fuéramos los que recorríamos Gran Vía cogidos de la mano como colegiales, ni los que se pasaban fines de semana de excursión en el dormitorio de mi apartamento. Todo había cambiado en las siete horas que el Airbus tardó en llevarnos de las cafeterías sin alma de Barajas a los parkings preñados de coches del JFK.

Pensando más en Nueva York que en Madrid conseguí que las horas pasaran, si es que eso era posible, en el interior de aquel avión. Los demás pasajeros se iban despertando al olor del infecto café que preparaban las azafatas. Poco a poco el sol parecía vislumbrarse a través de las nubes y los cruasanaes recalentados comenzaban a ocupar las bandejas plegadas.

Fue entonces, con la extraña claridad del amanecer a bordo del avión, cuando me di realmente cuenta de lo que había ocurrido. Todo había sido un engaño. Una mentira, una huída de mí mismo. Por primera vez percibí la verdadera naturaleza de aquella relación y la causa de que en Nueva York ya nada fuera igual. Había sido un capricho pasajero. El miedo a comprometerme me había empujado a aquella aventura, que ahora se me presentaba como un lapsus en lo único que me había mantenido vivo durante años.

Fue entonces, cuando el avión comenzaba a bajar, cuando decidí coger un taxi nada más llegar a Madrid y dirigirme a su casa para pedirle perdón. Para reconocer mi error y tratar de que, si aún existía una mínima posibilidad, ella volviera conmigo. Porque por fin había descubierto el sentido de todo lo que nos había pasado.

Aquella certidumbre hizo que no sintiera ningún miedo mientras ibamos descendiendo, ni que me asustara el hongo nuclear que percibí cuando traspasamos las nubes, ni siquiera cuando, por efectos de aquella explosión que estaba arrasando la ciudad, el avión, mi piel, mis planes se fueron derritiendo al calor de un fuego inconcebible.

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Londres (1)

14 febrero 2010 at 21:48 (ciudades)

Cinco aeropuertos no son suficientes para esta ciudad, por lo que están construyendo alguno más que dé cabida a los innumerables viajeros que cruzan cada día los cielos para llegar hasta la capital británica. Descartando el aeródromo de la City, salvo que el turista tenga un avión privado, y el de Heathrow, salvo que venga desde otro continente, el turista tendrá tres opciones para llegar en avión desde Europa. Los tres aeropuertos, Luton, Stansted y Gatwick son de parecida envergadura, surtidos por múltiples compañías de bajo coste y mentirosos, porque como podrá comprobar el turista nada más bajarse del avión: estos aeropuertos NO están en Londres.

Tras un viaje de más una hora en autobús (sorpresa!) por fin llegaremos a la ciudad que creíamos (qué ilusos) haber arribado en avión. El turista que jamás haya visitado Londres debe saber algo que distingue esta ciudad del resto de grandes capitales europeas: está bajo el agua. Por eso se dará esa sensación nada más llegar de humedad (no es lluvia, son corrientes de agua) y de densidad en el ambiente (no es niebla, es la oscuridad del fondo del mar). Pero el turista no se debe preocupar porque podrá respirar sin ningún problema y a caminar por la ciudad, siempre que lleve unas buenas botas y un paraguas del revés.

Para el alojamiento en Londres recomendamos Notting Hill Gate, una zona cercana al centro y en el que podremos ver a Hugh Grant grabando una comedia azucarada con cara de no haber roto un plato en su vida. Eso sí, el turista debe tener en cuenta que todo alojamiento londinense se caracteriza por el gusto excesivo por la madera y por la moqueta. Esto les lleva a acumular en los suelos de las minúsculas escaleras toneladas de polvo, algo sustancial a Londres, ya sea en hoteles de 4 estrellas o en pensiones de mala muerte.

Recomendamos comenzar la visita por el Museo Británico. Se trata del único museo en el mundo dedicado a un arte que los ingleses han desarrollado con mayor perfeccionamiento que el resto de los pueblos: el expolio. Podremos descubrir en este bello edificio desde las primeras muestras de esta disciplina artística: la piedra de Rosetta hasta otras más recientes, pasando por la joya de la corona del expolio: los mármoles del Partenón.

Para los amantes del arte, si con esta visita no se han quedado totalmente contentos les recomendamos dos pinacotecas como son la Tate Gallery y la National Gallery. También, y si el turista va acompañado por niños, podemos acercarnos hasta el Museo de Ciencia. Si el niño es lo suficientemente empollón disfrutará tanto de la visita y usted podrá seguir la visita tranquilamente. Otro punto a favor de la mayoría de los museos londinenses es su carácter gratuito, que los hace más atractivos aún.

Si preferimos las iglesias, podemos dirigirnos hacia la Catedral de San Pablo, cuyo interior carece totalmente de interés, pero en cuyo exterior, y si tenemos suerte, podemos ser testigos de la foto de alguna boda a la que podremos incorporarnos  sin ningún inconveniente. Otros templos interesantes para visitar son la abadía de Westminster y Stanford Bridge. En la primera podremos encontrar las tumbas de los reyes ingleses y en el segundo las de futbolistas del equipo más rico del país: el Chelsea.

Pero Londres no es sólo una ciudad para orar y para ver arte: es también un paraíso para los amantes de los hurtos y, en menor medida, los de las compras. Para realizar ambas actividades (que el turista elegirá según su presupuesto) podemos escoger dos zonas principalmente: Camden Town y Oxford Street. La primera es un parque temático creado por los aviesos comerciantes ingleses para que los turistas españoles puedan comprar en lo que ellos creen que son tiendas “modernas”. Se trata, de una zona que recomendamos visitar sin falta, para poder disfrutar de los miles de turistas que creen encontrarse en el meollo del underground londinense. En la otra zona, Oxford Street, encontraremos las mismas tiendas que en cualquier ciudad española, pero con la particularidad de que podremos pagar en otra divisa más cara: la libra.

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Réquiem por un blog

5 febrero 2010 at 20:32 (incredulidades)

¿Dónde va un blog cuando desaparece?

Hace unos días mi amigo Alberto accedió a su cuenta de Blogger y se encontró con este mensaje:

La sorpresa fue mayúscula y tras intentar todo aquello que los no expertos en informática hacemos en estos casos (volver a entrar en la página, reiniciar el ordenador, probar desde otro portátil) les mandó un mail a los de Blogger preguntando si habían visto a “Tinta Corrida” por sus oficinas.

La respuesta le vino servida en formato de correo burocrático en el que le anunciaban que tenía que esperar a ver si se podía solucionar. Así que Alberto está ahora como Silvio pero con su bitácora en lugar de su unicornio azul.

¿Dónde van  un blog cuando desaparece?

La progresiva sustitución del papel por Internet tiene grandes privilegios, especialmente para los árboles y para las casas de nuestros padres (que siempre acaban atestadas de nuestros libros de texto de EGB). Sin embargo se pierde la sorpresa de reencontrar textos o imágenes del pasado.

Hace poco en una limpieza sugerida (a punta de pistola) por mi madre encontré en mi antigua habitación un cuaderno de 2º de prescolar y una Guía Marca del 99. Eso lo permitía el papel. Pero ahora, con los blogs se trata de algo imposible. ¿Alguien se imagina a Alberto encontrando el poema que publicó el 22 de Noviembre en la web de El País o topándose con mi comentario del 30 de Julio en un foro sobre la liga ACB? No creo.

Desde aquí todo mi ánimo para Alberto y para todos aquellos que algún día perdieron un blog en las insondables profundidades del World Wide Web. Un minuto de silencio por todos ellos.

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